jueves, 26 de mayo de 2011

Tradiciones y costumbres, página 20



LA TRILLA

Se denomina trilla al conjunto de operaciones que hay que hacer en los cereales para desmenuzar la paja y separar el grano. También era conocida como la época del verano en la que se realizaban estos trabajos. De toda la vida las trillas se hacían en las eras, espacios circulares cercanos al pueblo y expuestos al viento. En aquellos años, el cereal se segaba de los campos a hoz y guadaña. 

Los haces de mies atados con cuerdas, se transportaban a la era en carros tirados por bueyes o vacas.  Estos carros tenían unos largos palos verticales en punta a izquierda y derecha, en donde se iban clavando las gavillas de cereal y de esta manera iban sujetas, evitando se cayeran por el balanceo del carro. Las mujeres trabajaban, con los hombres, en las labores de la trilla. Vestían batas cómodas  sobre las que anudaban el delantal, medias gruesas en las piernas y en la cabeza pañuelo negro cubierto por un amplio sombrero de paja. 

Su ayuda consistía básicamente en cortar la cuerda de las gavillas y disponer la cantidad precisa de mies encima de un tipo de escalera rodante, que la acercaba a la boca de la trilladora, y de esta forma  evitar que se atascara si se le daba demasiado de “comer”. Por aquellos años casi todas las mujeres ayudaban en las faenas del campo, y como la moda entonces era estar con la piel muy blanca, evidencia que distinguía la mujer de la capital a la del pueblo, las mozas se cubrían totalmente para evitar que les diera el sol y se pusieran morenas. ¡Qué contrastes, como ahora!

En el periodo de las trilladoras, de las que estamos hablando, en nuestro pueblo había dos trilladoras: la de los pobres y la de los ricos. La de los pobres, era una máquina vieja a motor, inglesa de marca Ruston. Los labradores ricos, tenían otra mejor y más moderna, marca Ajuria fabricada en Vitoria. Los vecinos del pueblo se distribuían conforme a estas clasificaciones para ejecutar sus labores en una u otra trilladora. La trilladora iba recogiendo el grano en sacos y tirando la paja a un montón que se transportaba en lo que se llamaba “mantas”. Estaban hechas de tela de saco tupido que se ataban por las puntas. Se llevaban encima de los hombros, formando un gran volumen, que los esforzados mozos tenían que subir hasta el pajar, realizando verdaderos ejercicios de malabares y equilibrios.




Tradiciones y costumbres, página 19



LA DIVERSIÓN DE LOS DOMINGOS- Las tardes de los domingos y días festivos, después de acudir al rosario de la tarde, la gente joven, toda junta, acudía a pasear a la carretera. Algunos mozos llevaban sus instrumentos de guitarras y bandurrias y se hacía un poco de baile suelto, en la misma carretera. Más tarde, se iba andando hasta la Venta de Larrión donde la cuadrilla de mozos tomaba vino y las chicas alguna gaseosa. Al atardecer, se volvía otra vez al pueblo antes del toque de “oración”. Las mujeres casadas se juntaban en alguna bajera a jugar a la brisca y sus maridos pasaban el rato en la taberna.

LAVAR LA ROPA- En tiempos atrás, la ropa se lavaba en el río, luego en el lavadero y después en la propia casa. Para secarla se distribuía encima de matas, de la era o del campo, a que le diera el sol. Únicamente la colada se hacía una vez a la semana e incluso se tardaba más tiempo. El jabón utilizado era de fabricación casera, elaborado con restos de sebo y aceites sobrantes. Hervido con sosa, se revolvía bien toda la mezcla y cuando cuajaba, se cortaba en trozos en forma de pastilla.


Tradiciones y costumbres, página 18




(*) CALBOTE- Alubia característica del Valle de Allín y Tierra Estella. Es más fino que las alubias comunes, de menor tamaño y de piel fina. Se cosechan de tres variedades  dos de pintas y una casi negra. La de pintas claras, más representativa y tradicional se le llama de “sangre de Cristo”.





ORZALANA, AUZALÁN ó AUZOLÁN- Con este nombre se designan los trabajos colectivos que los moradores del pueblo realizan en beneficio de la comunidad. La palabra auzalán proviene del euskera (auzoa-vecino, lana-trabajo). De cada casa del pueblo acude un hombre a trabajar. Si no puede acudir, se permite el reemplazo por otra persona que la sustituya. Si no acude nadie de una casa, el concejo le impone una multa equivalente a un jornal. Los trabajos a realizar eran la limpieza y  arreglo  de calles, caminos, regachos y montes.



Tradiciones y costumbres, página 16



IMÁGENES EN LA FACHADA DE LAS VIVIENDAS- Antiguamente, se acostumbraba a poner en el frente de las fachadas de las casas o en su entrada, una pequeña imagen de la cara de la Virgen , del Sagrado Corazón de Jesús o de cualquier otra alegoría religiosa

VECINDAD- En la vida del pueblo, siempre se ha cuidado el hecho de llevarse bien con todos  los vecinos. Partiendo de la base que la mayoría de los habitantes son parientes y que comparten apellidos, no ha sido tarea difícil, aunque, siempre hay alguna excepción. Si el dueño de la casa se ponía enfermo, sus vecinos le ayudaban en  las labores que hiciera falta. Se visitaba a enfermos y parturientas y se les llevaba un pequeño “presente” (regalo). Uno de los regalos más apreciado, por el que lo recibía, era el de una gallina para hacer caldo y dárselo a tomar al enfermo o la madre que había dado a luz,  con el fin de que cogiera fuerzas y se repusiera pronto.







Tradiciones y costumbres, página 17


 LA MATANZA-
Entre los meses de Enero y Febrero se hacía la matanza del cerdo engordado en casa o, en otros casos, de la cerda que ya estaba cansada de parir tantas veces y había que sacrificarla. En otros sitios comenzaba en Noviembre por San Martín (de ahí el dicho: “a todo cerdo le llega su San Martín”), duraba hasta marzo aproximadamente y tenían muy en cuenta las fases de la luna si era creciente o menguante. El “cuto” criado con mimo, en el invierno, con una alimentación a base de cocido de patatas revueltas con menudillo o salvado, remolacha y hojas de verdura (berza, acelga, etc.); todo ello, calentito y machacado con una zadilla o azadilla, se le depositaba en un pesebre de la cuadra. 

El buen tiempo, lo  había disfrutado de vacaciones en el monte, hinchándose a comer bellotas de los robles y viviendo en unas chozas hechas con palos, ramas, hojas y “termones” de césped.  De víspera se iniciaban los preparativos dejando al gorrino en ayunas.  Al día siguiente y temprano el matarife entraba en la pocilga y con la ayuda del gancho y de dos o tres hombres sacaban al puerco a la calle o al patio y lo acostaban en la parrilla preparada al efecto que podía ser de madera o de hierro. Una vez sujeto entre todos, el matarife le clavaba el gancho en la papada y le metía el cuchillo bien afilado. Las mujeres colocaban un barreño debajo para recoger la sangre del animal y le iban dando vueltas a la sangre con las manos para que no se coagulara. Si se formaba algún coágulo se retiraba. Esta sangre del “marrano” es la que valdrá para hacer las morcillas.

Muerto y desangrado, se daban fuego a las ollagas  y con ellas se le quemaban todos los pelos o cerdas del  cuerpo. Se le quitaban las pezuñas y con unas tejas y agua caliente se le rascaba toda la piel quemada, dejándolo  limpio y de color rosáceo. Colgado por las patas y con la cabeza boca abajo el matarife realizaba el corte en canal de la papada al ano. Se le sacaban los intestinos, se tiraba la hiel y con los hígados se hacía el almuerzo. Luego, hay gente que lo cuelga al sereno, al norte, para que se enfríe y oree. Otras gentes, siguen descuartizándolo hasta finalizar el proceso. Posteriormente son las mujeres las que llevan todo el trabajo de la matanza para hacer las morcillas y el adobo para los embutidos.

Existía la creencia que la mujer si tenía la menstruación no debía intervenir en este trabajo, porque si lo hacía se corría el peligro de que se echara a perder todo el embutido. Elaboraban diferentes tipos de longanizas como: birica (“birika”), una longaniza delgada hecha con los pulmones, el corazón del cochino y otras carnes inferiores, que se añadía al guiso de habas y calbotes (*), chistorra y chorizo. Las partes más selectas del cerdo como los lomos y costillares se dejaban en sal, se untaban con las manos de ajos y pimentón, entre otras cosas, y después de untados se colgaban. Cuando estaban  ya secos, se partían en trozos y se sumergían dentro de manteca en tinajas o pucheros grandes. De esta forma se guardaban para poderlos consumir en el verano o cuando hubiera necesidad de ello.

 Antiguamente se consideraba que un cerdo era bueno si tenía mucho tocino y se afirmaba que ese tocino amparaba una magra de superior calidad. El día de la matanza y finalizadas las tareas que se habían podido efectuar, era costumbre, al anochecer, juntarse a cenar el “matalechones” con la familia de la casa de la matanza. El menú era fuerte y comenzaba con unas habas apañadas con bien de grasa, seguido de una sartenada de magros de la papada, sangre, hígado, lechezuelas, landrillas y otras “zalandrajas” (zarandajas). Todo ello regado con vino de la bota. Se terminaba con unas nueces de postre, queso y membrillo, café,  copa y puro. ¡Un festín, vamos! La dieta adecuada para bajar los índices del colesterol.


Al día siguiente al de la matanza, la costumbre requería mandar lo que se llamaba el “presente”, para obsequiar en una primera selección e indistintamente al Médico, al Sr. Cura, y al Maestro, y posteriormente a los parientes. Las madres preparaban en una cesta de mimbre, unos trozos de lomo, costilla, tocino y una morcilla. Los chicos  eran los encargados de repartirlas y en compensación recibían alguna propina por parte de los agasajados.