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jueves, 26 de mayo de 2011

Tradiciones y costumbres, página 28



EL CACHUNDI- Así se llamaba el perro de la Sra. Silvina y el Sr. Jesús. De raza ratonero (¡vaya usted a saber!) y de pequeño tamaño, piel muy fina principalmente blanca con manchas marrones y negras. Orejas en atención, patas cortas y fuertes. Ojos pequeños pero vivarachos y expresivos, rabo tieso y juguetón y una mala leche de mucho “cuidao”. Cuentan en el pueblo cien mil y una de sus aventuras. Dormía en la cuadra con una burra pero acostado encima de ella. Le tenía un gran amor y desde el suelo le lamía su hocico cariñosamente.


Cuando ataban la burra en la era a pastar, él la vigilaba para que nadie se la tocara ni incomodara y cuando la Sra. Silvina iba a desatarla el perro la traía del ramal hasta su sitio de la cuadra.  Como vigilante de la vivienda, preparaba un concierto de ladridos en cuanto se acercaba alguna persona y quería entrar. El jodido se tiraba a morder y dio algún disgustillo a sus propietarios que no tuvieron más remedio que atarlo en la cuadra. Pero listo como el hambre, se las arreglaba para soltarse la mayoría de las veces y subir a la cocina donde la Sra. Silvina, aún a pesar de que lo quería mucho, le soltaba unos buenos escobazos y lo despachaba con cajas destempladas. Su grado de inteligencia llegaba hasta el extremo de que cuando la Sra. Silvina lo mandaba al río para que trajera los patos, siempre llegaba con los de la casa, agarrados por el cuello con su boca y sin apretarles para no hacerles daño. Jamás se equivocaba llevando alguno de otro vecino. Los patos, en ese tiempo, se les abrían la cuadra y ellos solos buscaban el río y allí se juntaban con otros patos de los demás vecinos. Para distinguirlos los unos de los otros, se les ponía debajo de una de las alas, unas cintas de diferentes colores o unos trozos de telas viejas de colores. Su grado de fiereza tampoco se quedaba corto. Era peleón y en cuanto veía a otro perro se iba a por él. Si era perra con más motivo. Le encantaba reñir con los demás y no le importaba, para nada, el tamaño del contrincante. Su táctica de combate, al ser tan bajo de estatura, era morderles en sus partes blandas a las que llegaba con facilidad y atino. La Sr. Silvina tenía por vecinas, dos hermanas, que se llamaban Fulgencia y Dorotea, la primera usaba gafas y el perro, no sé porqué, en cuanto que la veía le saltaba un metro y medio e iba directo a por las gafas. La de sustos que le dio a la pobre mujer y, sin embargo,  a su hermana no le hacía nada. Vivió bastantes años, aunque los últimos, estaba tuerto de una pedrada que le dieron por ser tan bueno. Murió atropellado por una furgoneta de unos frailes capuchinos de Estella, en el término de Echavarrionda, concretamente en el cruce de la carretera general a la parcelaria de Echávarri; por su maldita costumbre de seguir detrás de cualquier vehículo ladrando y tirándose a morder. Tuvo mucha descendencia con las perras del pueblo, pero ninguno de sus hijos, sacó la casta de este genial chucho llamado Cachundi, que la verdad, no sé de donde le sacarían ese nombre.

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