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jueves, 26 de mayo de 2011

Tradiciones y costumbres, página 30



EL CABRERO Y LAS CABRAS

Hubo un tiempo en que en casi todas las casas de los vecinos del pueblo, y en especial en las de los más pobres, las cuadras tenían alguna cabra que les daba leche y carne, y cuando parían aquellos apreciados cabritillos, de los que se reservaba uno para asarlo en las fiestas patronales en el horno de leña de encina. El concejo buscaba una persona que sacara las cabras a pastar y cuidara de ellas; ese personaje era el cabrero, es decir el pastor de las cabras. El pueblo le facilitaba la vivienda y le pagaba un sueldo. Los propietarios de las cabras les solían poner un cencerro pues es sabido el dicho de que “la cabra tira al monte” y con el sonido del cencerro, si se perdían por el monte, (dudo de que estos animales puedan perderse en el monte, que es su hábitat natural) las podían más fácil localizar.Por las mañanas tocaba su cuerno, que era la llamada para que los dueños de cabras las sacaran fuera de sus casas y él las iba recogiendo hasta formar con todas ellas el rebaño. Después se dirigía, ayudado de uno o varios perros, a los sitios que el concejo le permitía acceder y donde conseguían su alimentación. Al atardecer volvía con ellas y retornaban a sus cuadras. El sitio preferido para llevarlas a pastar era el monte bajo, hasta que vecinos del pueblo y de otros lugares cercanos comenzaron a discutir sobre la conveniencia de tener rebaño de cabras o no tenerlo. Se apoyaban en que al monte le hacían mucho perjuicio pues se comían todos los tallos jóvenes y ramas del arbolado. Total, que terminaron por no tener ni cabras ni cabrero.
En la actualidad, en la provincia de Extremadura y otras, han vuelto a echar las cabras al monte porque, según han comprobado, el perjuicio que hacen es mucho menor que el beneficio; ya que de esa manera, echándolas al monte lo limpian, y se ahorran los jornales que periódicamente hay que pagar, o las orzalanas, para poder hacer las “limpias”, consistentes en limpiar de matorrales y árboles pequeños el monte, para que los árboles que queden, estén más esclarecidos y puedan crecer y desarrolarse en mejores condiciones
                                                                  

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